Cabo Juan Quijada: Yo descubrí y delaté a los sicópatas de Viña

"juan quijada dice que desde que tuvo las primeras sospechas se obsesiono con sagredo"

“Diario La Tercera, Domingo 15 de noviembre de 2009”

Él es el denominado testigo clave del caso “sicópatas de Viña”, cuyo testimonio dio la clave para investigar y detener a Jorge Sagredo Pizarro y Carlos Topp Collins en marzo de 1981.

Desde que empecé a saber la verdad nunca más dormí bien. Nunca. Ni una sola noche. La madrugada del fusilamiento, yo estaba despierto”, relata Juan Quijada (65, ex carabinero, separado, un hijo) al recordar el caso que le cambió la vida, o más bien se la destruyó, como él mismo precisa. Él es el denominado testigo clave del caso “sicópatas de Viña”, cuyo testimonio fue la principal prueba para detener a Jorge Sagredo Pizarro y Carlos Topp Collins en marzo de 1981, dos de sus colegas de la Primera Comisaría de Viña del Mar que durante más de un año asesinaron a 10 personas y violaron a otras cuatro, en uno de los casos más impactantes de la historia policial chilena.

Por sus crímenes, ambos uniformados fueron fusilados el 29 de enero de 1985. Las últimas muertes concretadas por orden judicial antes de la abolición de la pena capital en Chile en 2001. Sentado en el living de la casa de su madre, en una pequeña vivienda de Altos de Miraflores, en Viña del Mar, Quijada accedió a hablar con La Tercera para relatar –por primera vez en 20 años- los meses en que Sagredo y Topp Collins comenzaron a relatarle sus crímenes entre patrullajes y conversaciones de pasillo, con una frialdad y detalles que lo asqueaban. Meses en que lo invadió el pánico y le impidió denunciar. Meses en que murieron cuatro personas.

Una complicidad silenciosa que le cambió la vida. Un mea culpa tardío por el que lleva 25 años con insomnio. “¿Por qué no me quedé callado para siempre? No pude. Cuando decidí hablar tenía miedo, había callado demasiado tiempo, y mientras yo sospechaba murió gente. Yo sabía que si hablaba iba a haber bajas de jefes, y que yo me quedaría para siempre de cabo, como pasó”, explica tratando de justificarse.

La primer pista

Quijada relata que fue el caso el que lo buscó. En julio de 1980, estando de turno en el Departamento de Comunicaciones, recibió la llamada de un cuidador de autos del Estadio El Sausalito. “Dos mirones están asaltando parejas, me dijo la voz del otro lado, pero no le di demasiada importancia”.

Un mes después, el profesor Enrique Gajardo y su pareja fueron atacados en el camino El Olivar, donde él fue asesinado de un tiro y la mujer violada. Fue el primer crimen.

Una noche de diciembre de 1980, Raúl Rojas, de la Armada, “llegó a la comisaría y señaló haber sido asaltado y baleado por dos tipos cerca de Sausalito. ‘Uno de ellos, me dijo, vestía una parka oscura, corta, con un cierre blanco ancho, jeans y bototos. Tenía una mirada dura y era cabezón’”, recuerda Quijada. “Esa noche no sospeché nada, pero semanas después la descripción me aterró”:,

“Recuerdo que iba entrando a la comisaría y me cruzo con Sagredo. Iba vestido con una parka corta oscura, que tenía un cierre ancho blanco. Andaba con jeans. Me acerqué a saludarlo y él me esquivó. Me miró con esa mirada fría que tenía. Fue como un chispazo. Ahí empezó todo”, afirma.

El 28 de febrero del año siguiente vino el tercer ataque. En los estacionamientos del Estero Marga Marga, la policía descubrió dos cadáveres semidesnudos en un auto. Quijada ya estaba inquieto y, a la vez, obsesionado. “Llevaba semanas observando a Sagredo y sabía poco de él. Sólo que tenía una polola. Nada más. Pero un día, en los ‘roperillos’ (casilleros) vi el suyo abierto. ‘¿Cómo estás?*, le dije, y vi una caja de zapatos en su mueble que estaba llena de ropa interior. ‘Se te van a resfriar las pololas’, bromeé y él se rió. Creo que le di confianza y así empecé a saludarlo todos los días”.

“Una vez le pregunté si creía que lo del cerro Esperanza estaba relacionado con los otros crímenes. Me contestó que sí y me dio una explicación que terminó de confirmar mis sospechas: ‘Lo que pasa es que ahí la minita se arrancó’, fueron sus palabras. Así lo supe, ¿entiende?. Pero no tenía ninguna prueba”.

Sin salida

La doble vida de Sagredo se hizo evidente para Quijada cuando éste le confesó que por las noches salía a robar y que, en las micros, tenía comportamientos impropios con las mujeres. Pero aún no confesaba. En mayo de 1981, Sagredo y Topp Collins asesinaron a un taxista. Luego mataron a un obrero y abusaron de su esposa, una dueña de casa que estaba con su hija de dos años. Quijada se horrorizó y la versión de la mujer lo desconcertó: los atacantes eran dos.

“Ahí fue cuando dejé de dormir y empecé a ir al sicólogo. Tenía metido en la cabeza que uno de ellos era Sagredo. Me acercaba a él sólo por eso. Luego creía que eran tonteras, pero seguía tras él. También temía que sí era el asesino y me veían con él, luego me culparían. No sabía qué hacer y los crímenes seguían”, agrega.

A mediados de año, Quijada inició un camino sin retorno. “Planeé un asalto y le dije a Sagredo que teníamos que ser tres. Quería ver si tenía a alguien. ‘Tengo al otro’, me dijo. Nos juntamos un domingo en la comisaría y empezamos a planear los detalles. En un momento entró Topp Collins y Sagredo me lo presentó. Quedamos de robar el lunes. Ya no sabía cómo salirme y presenté parte de enfermo. Debí hacer algo ahí, pero no sabía si me iban a creer,” asegura.

Para julio, los “sicópatas de Viña” sumaban dos nuevas muertes y otra violación. Quijada seguía siendo su “amigo”. “Le pregunté a Topp Collins en broma: ‘¿Por qué asesinaron al médico, no ves que hay pocos doctores?’. Su respuesta me dejó tiritando: Es que el Cabezón se pone hueón’, me dijo”.

Con esos datos fue fácil sacarle información a Sagredo, pero siempre de forma indirecta. “El necesitaba desahogarse y vanagloriarse. Me contó que Topp Collins quiso salirse, pero que él lo obligó a seguir, era autoritario. Le brillaban los ojos mientras me contaba sus cosas”, cuenta el ex carabinero. Durante los cuatro meses siguientes, Quijada fue acumulando antecedentes. Sabía que las especies robadas eran pará la esposa de Topp Collins, y que Sagredo tenía un elevado prontuario de ladrón. Pero estaba asustado, no se atrevía a hablar.

Eso, hasta que el 1 de noviembre se descubrió el homicidio de una pareja bajo el Puente Capuchinos. Ese día Sagredo no llegó a trabajar.

El 4 de noviembre hubo un operativo de tránsito. Quijada escogió como pareja “al Cabezón Sagredo” y una vez en la calle lo encaró: “¿Fueron ustedes los del Puente Capuchinos?, le pregunté, y Sagredo se ufanó de todos los crímenes”.

Dos días después, Quijada decidió hablar con un oficial de Inteligencia de Carabineros. Me vino a ver su capitán, a quien relaté todos los hechos. Pero no pasó nada. Me explicó que en Santiago no le creyeron. Ahí colapsé”.

“Yo era paco nomás. A la tropa no la defiende nadie… En eso empezó el Festival, era Febrero de 1982 y había llegado una unidad del OS-7. Yo ya no dormía. Un día andaba trotando y me interceptó un auto negro con cuatro OS-7. Fuimos a Reñaca, nos tomamos unos combinados y me grabaron. Esa vez me creyeron”, agrega.

En marzo detuvieron a Sagredo y Topp Collins. También fue detenido Luis Gubbler Díaz, pero luego fue liberado.

En abril vino la venganza: tras enterarse de que Quijada los había delatado, Sagredo lo implicó. El cabo fue detenido e incomunicado. Los carearon en cuatro oportunidades. La primera vez, Sagredo lo acusó de soplón e intentó golpearlo. La última, se retractó. Fue la última vez que lo vio con vida.

Epílogo

Quijada dice que los hechos le dieron la razón y que ganó poco con delatarlos. Tras la detención, la jefatura regional fue descabezada y él jamás ascendió. Nunca en 25 años de carrera. “Me jubilé de cabo después de 25 años y vivo de esa pensión”.

Pero su recuerdo más amargo fue en enero de 1985, cuando lo llamó el entonces general director de Carabineros, César Mendoza. “Me ordenó que me trasladara, porque estaba por salir la sentencia de muerte. Me dio un par de días. Me fui a El Salvador. A la semana, los mataron. Leí que habían jugado dominó hasta las 4 de la mañana y que los fusilaron antes del amanecer, que estuvieron despiertos toda la noche. Yo también.

 

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